Del Níger al Ganges – 2015 –


Viajes con una alquimista: el arte de Irene López de Castro

La sabiduría del arte radica en la capacidad que ha tenido siempre para inducir al corazón, a la comunidad y al mundo a mantener relaciones correctas con la verdad y la belleza. Es otra manera de decir que el artista puede desplazar el centro de las cosas hacia donde deben estar con una elegancia que solo el arte posee. A su vez, es otra forma de decir que, en el momento en que nos dejamos sumergir en el arte de Irene López de Castro, nuestro universo se expande para dar cabida a todas las etapas incumplidas en el espectacular viaje de nuestra vida.

Nuestra realidad contemporánea está en parte dirigida o motivada por el vertiginoso ciclo informativo. Es una realidad atroz pero omnipresente. Nada es sagrado, todo pasa por el aplastante crisol del tiempo y la necesidad. Nosotros, todos nosotros, nos esforzamos por aceptar aquello que hemos llegado a ser. No nos gusta, en lo más profundo sentimos que no está bien convertirse en los engranajes de esta máquina. Llegamos hasta aquí en un sueño confuso, la mayoría de nosotros en una pesadilla, con el horizonte desprovisto de esa importancia que reconocemos como esencial solo cuando llega el artista.

Irene es esa artista que llega. Sus ofrendas al mundo son un mosaico de búsquedas y hallazgos, de colores y esencias, de fusión y acabado. Tiene método, pero también disfruta del descubrimiento fortuito; sus obras respetan los orígenes, pero manifiestan un fin claro y noble. Su arte revela, en dosis que podemos digerir, la naturaleza de las personas y los lugares. Cara a cara frente a un trabajo desarrollado durante años, uno tiene la impresión inmediata de que el lienzo no solo transmite la apariencia, sino también la sensibilidad de sus temas. El arte que ha creado tiene una vida innegable. Conocí sus obras personalmente por primera vez en Corea el Sur en 2009, en un momento en que el mundo empezaba a crecerdesordenadamente. Me parecieron metáforas supremas de energía transformadora y también, en su conjunto, paradojas, porque habían encontrado el modo de mantener el equilibrio aun desafiando la sabiduría convencional del momento. Allí donde muchos veían marrón, Irene veía dorado; donde veían basura, ella veía riqueza. Es la artista de la dignidad humana.

Las obras expuestas, desde los primeros ímpetus artísticos de la juventud hasta la atemperada estabilidad de la mediana edad, hablan de la vida con el ritmo para el que siempre estuvo concebida. Nos revelan Mali, y África, a través del río Níger. Nos descubren el Ganges e India. En algún lugar de estas revelaciones migratorias atisban destellos de Andalucía y Oriente Medio. En su modo de ver y representar se aprecia el dominio de la ribera, pero hay aquí mucho más que maestría. Hay inseguridad sobre lo que la humanidad es y lo que podría ser. Una destreza semejante es inescrutable y no nos atrevemos a profanarla diseccionándola. Las obras están ahí delante. Sabemos que son formidables y también que, por mucho que pretendamos explicar su grandeza, resisten y vencen todo intento de simplificación. Son lo que son, encarnaciones de una simplicidad que constituye la cota más alta de la sofisticación.

He intentado adivinar qué explica el carácter impactante de estas obras surgidas de las peregrinaciones de la artista. De lo más hondo brotan expresiones como «profunda calma» y «movimiento natural». Sé perfectamente que no son expresiones habituales en la vida diaria, pero también sé que las obras que las inspiran no son cotidianas.

A veces el lenguaje es equívoco cuando se aplica a las artes visuales. Tenemos el ejemplo de la palabra inglesa journeywork, ya en desuso, que, aun conteniendo la palabra «viaje», significa trabajo rutinario. Nada más lejos de ello cuando se trata de las obras de Irene, fruto de un alma sabia en un viaje largo y contemplativo. Son obras que viajan.

Tade Ipadeola

Abogado y poeta, ganador del Premio de Literatura de Nigeria 2013

Traducción al español de Pilar García Romeu