Alma viajera

Para mí viajar  ha sido siempre más que una simple inspiración en mi pintura. Es una búsqueda personal,  una oportunidad de contactar con personas de otras culturas, de proyectarme y aprender en ellas.  Viajar puede ser un modo de vivir. De hecho, la  vida misma es un viaje.

Hija de andaluces, nací en  Madrid, la capital española, una ciudad cosmopolita y  abierta. Creo que nací viajera y de algún modo he tenido  la extraña sensación de pertenecer y no pertenecer a este  mundo. Siempre he sentido la nostalgia de la luz del sur y de un tiempo ya pasado.  Desde muy joven me vi atraída por los países exóticos, coincidiendo en la fascinación por los cuadernos de viajes de África de  los pintores del siglo XIX,  aquellos apuntes   aumentaron mis deseos de dibujar y de viajar en busca de esa belleza intemporal que en algunos lugares  aún se percibe.

De este modo, debido a  mi pasión por el dibujo y los viajes, uní mi inspiración a los mismos, realizando el trabajo de campo, que constituyen  los cuadernos de viaje y el trabajo del estudio, que ha dado luz a mi obra pictórica.  Ambos trabajos son distintos pero complementarios;  los dibujos del natural son un diario de vivencias y encuentros,  en ellos busco captar lo efímero del viaje  de un modo sencillo  pero fiel a la realidad, es un trabajo que me permite sentir, recordar las experiencias y contactar con las personas que encuentro. Sin embargo, el trabajo en el estudio es solitario, desde el silencio y la libertad fluyo con la inspiración plasmando imágenes que no son necesariamente realistas, sino que están pasadas por el velo de la interpretación personal. Aunque en mi obra suelo mantener el deseo de transmitir las sensaciones vividas,  la distancia, el tiempo, la mente y el corazón, hacen que esta vez el viaje sea distinto, más creativo y, en esencia, bastante impredecible. Esta incertidumbre, lejos de ser negativa, es parte de las sensaciones que aprecia todo artista y todo viajero.

Empecé a ir a Malí a la edad de los 21 años en 1989, impactándome profundamente la belleza que observé en sus paisajes y en  sus gentes. Volví con un enorme deseo de compartir todo aquello,  de tal forma que durante años el río Níger se convirtió en la musa de mi pintura, la cual he podido exponer tanto en España como en el extranjero.  Encontré en la pintura una expresión de la nostalgia de la tierra de mis padres, puesto que de Malí volví con la retina llena de luz y color, todo ello matizado por un tono dorado, en parte dado por  el color de las dunas, en parte intuido como reflejo del recuerdo  dorado de la Humanidad.  A lo largo de veinte años pude volver a Malí   en numerosas ocasiones; lo necesitaba, porque allí sentía que estaba en el centro del mundo, en un lugar cuya quietud me hacía sentir plena. Además mi visión se expandió al  visitar otros países  africanos. Los viajes a la India llegaron más tarde y con ellos un cambio en el color. En Varanasi encontré la India que quería ver. Junto a las aguas del Ganges y las del Níger he podido percibir lo sagrado de la vida, lo extraños y a la vez lo parecidos que somos los seres humanos, como gotas de agua en el mar, pequeños y al mismo tiempo parte de algo mayor. Todos somos  almas viajeras,  almas que hemos venido de viaje a este mundo,  en  un reflejo continuo,  en un encuentro de almas,  donde  la Vida es el Viaje.

Irene López de Castro